Escucha España: quien reniega de Dios siempre acaba mal

En lo individual y en lo colectivo. En lo privado y en lo público. En lo propio y en lo nacional. Sea un individuo, una familia, una sociedad o una nación. Y mucho más en el caso de España,..

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En lo individual y en lo colectivo. En lo privado y en lo público. En lo propio y en lo nacional. Sea un individuo, una familia, una sociedad o una nación. Y mucho más en el caso de España, pues no olvidemos que España o está con Dios, es decir, o es católica, o no es ni será España.

 

Desde hace cuatro décadas los españoles, plenos de soberbia, que es la raíz de todo pecado, se han ido apartando de Dios, renegando de Él, ofendiéndole hasta límites nunca vistos, sin parar en que poco a poco cavaban su propia fosa, porque si bien Dios nunca nos abandona, no quiere decir que no se aleje o, mejor dicho, que deje de respetar que nos alejemos de Él. Es una de las más importantes enseñanzas de la parábola del hijo pródigo, quien fue a pedir al padre su parte de la herencia y éste, sin rechistar, aún sabiendo que el hijo caminaba a su perdición, se la entregó respetando su deseo de romper con él. Lo que ocurrió después ya lo sabemos.

 

Pues bien, esta España que hoy vemos rota, corrupta, envilecida, cainita, encanallada, dividida, injusta, podrida, lo está porque ha consentido apartarse de Dios, romper con Él. Esta España ha sido adelantada en asumir todo postulado anti-Dios, anti-católico, fuera el que fuera, por grave y horrendo que fuera; y que conste que el clero, los pastores, han sido pieza esencial en tan gravísimo decaimiento.

 

Hemos aceptado el divorcio, el aborto, la sodomía, las drogas, la eutanasia, la retirada de todo símbolo externo de Dios; hemos aceptado por mor de una mal entendida “libertad religiosa” que desaparezca la única religión verdadera, la católica, y que fuera sustituida por cualquier otra que no sólo no es verdadera, sino que es anti-verdadera, anti-católica; España ha dejado, ahora sí, de ser católica. Se ofende a Dios públicamente y todos miran al tendido como si no fuera con ellos; se ven bestiales profanaciones día sí día también y no pasa nada; y quedan impunes. Se corrompe y se deja corromper e, incluso, ser alienta. La grosería, la zafiedad, las blasfemias y los pecados mortales de todo tipo se han incrustado en todos los niveles de nuestra sociedad sin que nadie, prácticamente nadie clame contra ellos; ni el clero que hace mucho dejar dejó de predicar el Evangelio, predicando un no se sabe qué. Se ha llegado, en resumen, a aceptar lo anormal, lo malo, como normal y como si fuera bueno; la perversión que ello significa es de una monstruosidad inimaginable.

 

Pues bien, qué queremos entonces. La actual destrucción de España como nación, de su sociedad y de sus individuos no es castigo de Dios, pues Dios no castiga por ahora –lo hará al que llegue ante Él en pecado mortal–, pero sí consecuencia directa, lógica y coherente con haber renegado de Él.

 

Es urgente ponernos a trabajar en lo privado, en lo individual y en lo colectivo para volver a Dios, a Nuestro Señor, a la secular catolicidad española, para poder algún día recuperar a España. Hoy asistimos al momento en que el hijo pródigo comenzó a ver las consecuencias –no el castigo del padre– de haber renegado de su progenitor. Esperemos reaccionar como lo hizo aquél, dando los primeros pasos para volver al padre aunque fuera de mugriento porquerizo. Tengamos entonces, pero sólo entonces, la seguridad absoluta de que el Padre, viendo de lejos que damos los primeros pasos, saldrá a nuestro encuentro y nos salvará a nosotros y a España. Otra cosa es el tiempo que ha de pasar para que todos demos ese paso y que lo demos con decisión y fe firme. De nosotros depende recuperar España. El Padre, Nuestro Señor, no nos abandona, está a la espera oteando el horizonte cada día. Repetimos: de nosotros depende.

 

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